La ciudad intramuros, un artículo de Sebastián Godoy

Reproducimos a continuación un extracto de «La ciudad intramuros», artículo que el investigador del IECH Sebastián Godoy publicó en Revista REA.

 

La ciudad intramuros

 

Rosario parece una ciudad para estar afuera. Más de un millón de habitantes y 11,7 metros cuadrados de espacio verde para cada uno de ellos. Unos 12 kilómetros de costa de uso público aportan 135,6 hectáreas de toda esa masa vegetal.

Desde 1902 y animado por las aspiraciones higienistas de finales del siglo XIX, el Parque de la Independencia oficia de pulmón central del cuerpo urbano. Desde entonces, el verde rosarino no hizo más que pluralizarse. Los nombres del afuera en Rosario han cambiado a lo largo del siglo XX: espacios libres, espacios verdes, espacios recreativos, espacios públicos. La década de 1990 agregó los términos polifuncional y ambiente a las retóricas gubernamentales del afuera. Sin embargo, el afuera no sólo es verde, también es cultural. En 1998 se dio a conocer la voluntad gubernamental de aunar “La ciudad del Río” a “la ciudad de la creación” cultural. Incluso se creó una retórica para caminar ese afuera cultural, bajo la premisa “Cambiá el aire”. Desde 2010, el Circuito Recreativo orienta los pasos de miles de rosarinos, usualmente en sentido sur-norte, escenificando las caminatas con las mansiones de Bulevar Oroño, la margen oeste del Paraná y una seguidilla de monumentos verticales a la especulación inmobiliaria. Con todo, el paisaje también es humano y las rondas de materos se intercalan con los arbustos que ve el caminante en las partes verdes del Circuito.

A pesar de la popularidad del verde rosarino, en especial el aledaño al curso de agua dulce, el afuera es también la calle y la vereda. Imaginada por la planificación urbana funcionalista como arteria de circulación, históricamente la vía pública ha oficiado también como un espacio para el encuentro cotidiano con otros y esto es más cierto cuanto más nos alejamos de la primera ronda de bulevares.

Detalle de «Sin pan ni trabajo», de Ernesto de la Cárcova; imagen que ilustra el texto en su edición original.

 
Fuerza centrífuga

En Rosario, una suerte de fuerza centrífuga fortalece los encuentros callejeros a medida que se alejan del centro. Las veredas son el lugar del encuentro cotidiano por antonomasia. Mientras más barriales y periféricos, los saludos casuales y al paso, las escobas barriendo, los “picaditos” y las reposeras por la tarde se hacen más corrientes. Ni el flagelo de la violencia y la inseguridad ha sabido destronarlos del todo.

Fue necesaria una mutación viral, una pandemia y una cuarentena para privar a los rosarinos de la posibilidad del afuera. Con sus bemoles (limitaciones de accesibilidad relativa, problemas de equipamiento, subalternización de algunos de sus usuarios, etc.), los parques, plazas, balnearios y las calles han sido siempre una opción. Decimos “opción” porque, a pesar de ser predominantemente agorafílica, la población de Rosario cuenta con quienes prefieren los beneficios de la comodidad del hogar. La condición actual puso en suspenso el factor electivo. De ser posible, la salida –del hogar, del aeropuerto, del hotel de varados, del hospital– se vuelve administrada. El binomio egreso-ingreso se dispensa a cuentagotas en la tercera ciudad más poblada del país. El encuentro con los otros con los que no se convive se clausura espacialmente. Mientras tanto, los rosarinos y las rosarinas intentan habitar un nuevo adentro, repleto de nuevos recaudos y un uso más intensivo de los dispositivos de comunicación a distancia. En el medio, la ciudad adquiere una nueva configuración socioespacial: disminuye, suspende o cambia los ritmos de la práctica social espacializada, ahora en condiciones de confinamiento.

 

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